Diferentes banderas, diferentes galletas

Durante la última semana hemos sido testigos de múltiples ataques alentados desde la extrema derecha, con poca o ninguna repercusión en la mayor parte de los grandes medios de comunicación, ni detenciones, ni investigaciones ni nada que se le parezca. Tampoco se esperan. Estamos tan acostumbrados a  que los sectores más retrógrados de la sociedad española actúen con total impunidad, que ni siquiera nos extrañan demasiado estos sucesos. Y no hablamos de chiquilladas precisamente…
Un agente de la Policía Nacional repartiendo galletas a un grupo de españoles durante los actos de protesta sucedidos en Barcelona tras la sentencia del Proces. Durante esos días de octubre de 2019, la Policía Nacional repartió muchas más galletas. Foto: Juan Teixeira.
Un agente de la Policía Nacional repartiendo galletas a un grupo de españoles durante los actos de protesta sucedidos en Barcelona tras la sentencia del Proces. Durante esos días de octubre de 2019, la Policía Nacional repartió muchas más galletas. Foto: Juan Teixeira.
Diferentes banderas, diferentes galletas

Hemos visto por ejemplo cómo un grupo de taurinos ha insultado, amenazado e incluso golpeado el coche en el que viajaba una ministra, ante la total pasividad de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. En el siguiente vídeo se puede observar cómo los agentes tienen un cuidado casi fraternal a la hora de apartar a los agresores para no lastimarlos. Ya sé que las comparaciones son odiosas, pero más odiosa es la indiferencia ante este tipo de sucesos, así que pongamos por un momento que este altercado se produjese en Altsasu contra la anterior ministra de trabajo del Gobierno de Mariano Rajoy, Fátima Báñez. A buen seguro que los violentos no podrían ni acercarse a menos de 50 metros del coche, y por supuesto que se llevarían una buena dosis de porras y galletas para merendar. Muy probablemente algunos de ellos también serían detenidos, y dependiendo de cómo tuvieran el día el fiscal y el juez, hasta pasarían unos cuantos años en la cárcel, para que quede claro quien manda y hacia quien se puede ejercer violencia y hacia quien no.

También estamos asistiendo con total indiferencia a la performance cañí de unas decenas de energúmenos que se han pasado los dos últimos meses gritando y amenazando sin ningún motivo concreto en la puerta de la casa del Vicepresidente del Gobierno. Aquí tampoco las fuerzas de seguridad hacen nada, porque en este país la libertad de expresión es lo más sagrado, y si un español de bien quiere pasarse dos meses insultando y amenazando a alguien en la puerta de su casa, vive Dios que puede hacerlo libremente. Jarabe democrático le llaman. Y si un puto comunista rompepatrias como Enrique Santiago va a visitar al Vicepresidente, se le insulta con garbo y pasión. Aunque sea diputado y haya agentes de la ley delante, que para algo estamos defendiendo España mecagüendios.

Y volvamos a las odiosas comparaciones:  ¿se imaginan que esto mismo sucede en la puerta del Delegado del Gobierno en Catalunya? Sin duda alguna el escrache duraría tanto tiempo como lo que tardaran en llegar las furgonetas de la Policía Nacional a repartir galletas. Y no, no serían dos meses, como mucho 20 minutos (dependiendo del tráfico). Y como alguno de los allí presentes pertenezca a un CDR, o prepare los fuegos artificiales de su pueblo, o tenga mas de dos tarteras de las grandes en casa, que vaya regalando el último protector solar que haya comprado porque se le va a caducar de tanto tiempo que va a pasar a  la sombra.

La deriva ultra de los sectores más conservadores de la sociedad es algo realmente digno de estudio. Desde el mismo momento en que se formó el actual gobierno, cierto partido fascista con representación parlamentaria se ha dedicado a denominar de ILEGÍTIMO al actual Gobierno, e incluso no se han cortado en pedir en diversas ocasiones un golpe de estado. Pero volvamos a los hechos sucedidos esta misma semana, que de esto otro ya hace meses. Ayer mismo hemos podido observar a un DIPUTADO alentando abiertamente al uso de la violencia en redes sociales, al grito de "Hostia española, nunca vuela sola", y acompañado de un vídeo de una agresión. No hablamos de ciudadanos anónimos, sino de un cargo público, un representante de la sociedad en el Congreso, llamando directamente al uso de la violencia como arma para enfrentarse a sus oponentes políticos. La gravedad de estos hechos son tremendos, y en cualquier democracia avanzada tendría graves consecuencias. Sin embargo en España es una chiquillada más de alguien que se siente tan español que no puede evitar defender su patria con pasión. 

Otro ejemplo de esta semana. En este caso se junta el hecho de ser un peligroso bolivariano podemita con ser maricón, algo totalmente inadmisible para los más férreos defensores de los valores tradicionales de nuestra amada patria. Se trata de Juan Carlos Monedero, figura visible de Podemos (pero sin cargo público), quien se ha convertido sin quererlo en diana de los ataques de los más cavernícolas de entre los cavernícolas, que se dedican a expulsarlo de bares muy españoles y mucho españoles al grito de MARICÓN! (os recuerdo que vivimos en el año 2020). 

Todo esto (y más) ha sucedido impunemente tan solo en el margen de una semana. La misma semana en la que hemos visto cómo han rebajado la condena a los nazis que asaltaron Blanquerna, han revocado al tercer grado de los presos catalanes y han archivado la denuncia contra los guardias civiles que mataron a 15 migrantes en la playa del Tarajal. Uno quiere esforzarse en creer que la justicia es igual para todos, pero resulta un acto de fe de proporciones épicas si se está atento a lo que sucede realmente en nuestra amada Españña. 

Recordemos que estas acciones tampoco son excepciones. Llevamos muchos años, incluso diría décadas, asistiendo a esta doble vara de medir la libertad de expresiónla justicia y el orden. Al suceder en Madrid, y a cargos del actual Gobierno, quizás a algunos les llame un poco más la atención. Pero esto mismo lleva sucediendo demasiado tiempo hacia todas aquellas personas que buscan un modelo de convivencia diferente al actual, y especialmente si esto sucede a las afueras del centro del universo peninsular.

Desde todos los órganos de poder estatal la consigna es clara: o estás con nosotros o estás contra nosotros. O te enfundas una bandera española y recibes galletas cuétara, o eres un peligroso desestabilizador del sistema y recibes de las otras galletas. Tú decides (que no se diga que no es un proceso democrático).

Personalmente, considero que esta estrategia de generar odio y división le viene muy bien a los conservadores de la moral patria, y sobre todo a aquellos españoles con cuentas en Suiza que los manejan como peleles para mantener su situación privilegiada dentro del sistema productivo. Al capital le va muy bien mantener las cosas como han estado en España desde 1939. Y por eso los medios de comunicación no hacen mucho caso de estas chiquilladas que son casi normales. Ni los jueces. Ni las fuerzas del orden. Porque defender España tal y como está es lo lógico y normal para una persona decente. E intentar cambiarla solo traerá caos y destrucción, en cualquiera de los casos. Porque quien está cómodo en esta España no va a permitir que cambie por las buenas. Antes la reducirá a cenizas.

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