El coraje de los corderos y la temeridad de desafiar al planeta

Darwin se percató de que seleccionando animales más dóciles la especie se transformaba, ya que se seleccionaba a la vez toda una serie de rasgos que formaban parte de un “paquete” único. En general, el síndrome de domesticación tiene que ver con una retención de caracteres juveniles. El desarrollo se detiene o se ralentiza, y el adulto final se parece a un joven o a un niño de la raza o de la especie originaria. Y claro, este bloqueo del crecimiento no solamente actúa sobre su anatomía sino también sobre su carácter. Además de menos agresivos, los adultos-cachorros, como en el país de Nunca Jamás, son también más juguetones, curiosos y creativos... Otra de las características que distingue el temperamento juvenil de la sabiduría de la senescencia es el respeto hacía el ambiente que uno habita. Las viejas generaciones han podido entender lo delicado que puede llegar a ser su entorno, y cuidan más sus hogares. Las nuevas se sienten menos atadas, desconocen lo efímero de los recursos, viven al día y emocionalmente no le tienen miedo al futuro. Esta comparación vale para nuestros mayores y los adolescentes, pero también, y más en general, para toda una especie, como la nuestra, que se ha quedado evolutivamente infantil.

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Foto: Asociación Villacaótica.
El coraje de los corderos y la temeridad de desafiar al planeta

En los últimos miles de años hemos ido seleccionando nuestros perros en función de sus comportamientos. Esto ha moldeado sus cerebros. Se descubrió, por ejemplo, que algunas razas caninas, particularmente valientes a la hora de defender a un rebaño del ataque del lobo, carecían de algunos neurotransmisores asociados al miedo. El animal se enfrenta al mortal depredador porque no tiene miedo, lo que, en resumidas cuentas, quiere decir que no se entera del peligro, no es consciente de los riesgos, y no imagina que podría morir.

Otros perros están seleccionados para lanzarse a modo de kamikaze detrás de un jabalí, acorralándolo o sacándolo de su guarida. El grupo lo logra, pero solo algunos individuos volverán a casa. Todos estos ejemplos caninos nos recuerdan algo que olvidamos a menudo: hay una frontera muy, pero que muy sutil y borrosa entre valentía y estupidez.

La mayoría de las veces, sin embargo, la domesticación de una especie animal se dirige hacia el lado opuesto al seleccionar, poco a poco y por metódicos cruces genéticos, una menor agresividad. De hecho, la pérdida de agresividad suele ser el objetivo principal de muchos procesos de domesticación.

Cuando se selecciona un animal por ser manso, algo raro pasa en su cuerpo. Incluso Darwin se percató de que, seleccionando animales más dóciles, la especie se transformaba, ya que se seleccionaba a la vez toda una serie de rasgos que formaban parte de un “paquete” único. Los animales seleccionados por su docilidad se hacían, automáticamente, más pequeños, sin pelo, con colitas rizadas y morros cortos. Este conjunto de rasgos se etiquetó entonces con el nombre de síndrome de domesticación.

En general, lo que se ve muy bien es que el síndrome de domesticación tiene que ver con una retención de caracteres juveniles. El desarrollo se detiene o se ralentiza, y el adulto final se parece a un joven o a un niño de la raza o de la especie originaria. Y claro, este bloqueo del crecimiento no solamente actúa sobre su anatomía sino también sobre su carácter. Además de menos agresivos, los adultos-cachorros, como en el país de Nunca Jamás, son también más juguetones, curiosos y creativos.