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CHARO RUEDA, CATEDRÁTICA DE PSICOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA

“Con la atención se puede ‘hackear’ la mente de las personas y cómo conducen sus vidas”

Pocos saben cómo definir la atención, sin embargo, todos quieren hacerse con ella. Dice Charo Rueda, catedrática de psicología de la Universidad de Granada, que esta capacidad cognitiva se ha convertido en uno de los productos más cotizados del mercado y que la pugna por captarla nos provoca dispersión mental hacia temas que ni nos van ni nos vienen.

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Charo Rueda en una foto cedida por ella misma, con su libro.
“Con la atención se puede ‘hackear’ la mente de las personas y cómo conducen sus vidas”

“Imagina que estoy escribiendo un correo electrónico: tengo un objetivo claro, escribo una palabra y todo mi cerebro se centra en escoger cuál vendrá después. Aunque estemos muy inmersos en la tarea, si de repente suena una alarma, o alguien nos grita “¡cuidado!”, ese estímulo externo nos sacará instintivamente de nuestro foco de atención elegido, reseteará el cerebro”, explica Charo Rueda, catedrática de psicología de la Universidad de Granada.

Es experta en cognición y atención, el nuevo objeto de deseo por el que todos pelean. Y ha plasmado en Educar la atención con cerebro (Alianza Editorial, 2021) todo lo que sabe sobre el asunto.

Rueda defiende que la atención es un aspecto de la cognición fundamental para ejercer la voluntad y actuar conforme a decisiones y objetivos propios. De ahí que ande seriamente preocupada por cómo se comercializa con ella.

“Hay información que capta inevitablemente nuestra atención porque relacionada con recompensas o con amenazas a nuestra supervivencia, como es ahora el caso de la covid-19, que acapara el panorama informativo”, reflexiona la investigadora granadina. El problema es que eso hace que ciertos temas ocupen en exceso nuestro pensamiento en detrimento de otras cosas más fundamentales en nuestro día a día.

Todos tenemos un concepto más o menos vago de lo que implica estar atento a algo. Pero si nos piden definirlo en pocas palabras, creo que pocos atinaríamos…

A los neuropsicólogos nos pasa lo mismo [se ríe]. Es difícil acotarlo porque, en cierto modo, la atención es una capacidad cognitiva que lo engloba todo. Mirando al cerebro, yo destacaría tres aspectos fundamentales. Por un lado, que para que exista atención tiene que producirse una activación óptima del cerebro, ni excesivamente alta ni excesivamente baja, pero suficiente para poder seleccionar y priorizar una parte de la ingente cantidad de información que nos llega a través de los sentidos. Además, es importante que la respuesta sea controlada, deliberada, consciente y orientada a conseguir nuestros objetivos. En resumen, las tres patas de la atención serían activación, selección y control.

¿Nos pone un ejemplo práctico?

Supongamos que estamos en la cocina guardando las cosas del desayuno y pensando en un problema del trabajo. Podría ocurrir que colocáramos el azúcar dentro del frigorífico y la mantequilla en el armario donde se guarda el azúcar. Eso que llamaríamos un “despiste” no es otra cosa que un fallo en la pata del control de la atención. Y como no hemos sido conscientes de lo sucedido, lo más probable es que a la mañana siguiente nos volvamos locos buscando el azúcar.

¿Seleccionamos siempre nosotros a qué le prestamos atención?

No. Y para entender por qué debemos diferenciar entre dos tipos de atención. Cuando una alarma u otro evento externo capta nuestra atención de manera prácticamente automática, hablamos de atención dirigida por la estimulación externa o bottom-up (de abajo arriba). Es totalmente distinta a la atención top-down (de arriba abajo), esa que nos permite seleccionar el foco de atención en base a nuestras expectativas y objetivos. La primera es común a otras muchas especies, mientras que la segunda es prácticamente exclusiva del Homo sapiens.

En su libro dice que sin ese segundo tipo de atención no existirían las escuelas…

Así es. Que los humanos tengamos la capacidad para controlar la atención y el comportamiento de un modo endógeno, en función de expectativas u objetivos de corto o largo plazo, nos permite sentarnos en un aula a adquirir el conocimiento que nos transmite la generación que nos precede. La creación de la escuela como institución para fortalecer y canalizar el aprendizaje social es uno de los grandes logros de la especie humana.

La atención y el aprendizaje guardan una relación estrecha.

Sin duda. Cuando aprendemos algo por primera vez, sobre todo si tiene que ver con ejecutar secuencias de acciones motoras, por ejemplo, para montar en bicicleta o conducir, la demanda de recursos atencionales que exige es enorme. En la jerga se conoce como atención effortful (llena de esfuerzo).

Pero una vez que se establecen las conexiones neuronales necesarias, podemos empezar a cambiar de marcha sin pensarlo e incluso mantener una conversación fluida con el copiloto porque liberamos recursos atencionales. Es atención effortless (sin esfuerzo), y nos permite tener más recursos para tomar mejores decisiones y plantear estrategias, perfeccionando la ejecución.

Me vienen a la mente declaraciones de deportistas españoles tan reconocidos como Pau Gasol o Rafa Nadal, que en repetidas ocasiones han reconocido que su capacidad de atención (o de concentración) durante los partidos puede llegar a ser más importante que la técnica. 

Sin duda. En el deporte, cuando tras mucha práctica llegamos a ese estado de atención effortless que mencionaba, no solo mejora la capacidad de analizar la situación y reaccionar con rapidez, sino que mejora también la ejecución de los movimientos, de los tiros, de los golpes de raqueta...

¿Significa eso que la atención se puede entrenar?

Sí, y volviendo al ejemplo de Pau Gasol, me consta que algunas veces ha comentado que practica meditación. Experimentalmente se ha comprobado que meditar mejora tanto el control de la atención como la capacidad de regular las emociones. Este control, a su vez, se relaciona con el nivel de activación cerebral del que hablábamos al principio, que guarda una relación con la atención en forma de U invertida.

Para entenderlo, pensemos en un jugador de baloncesto que se dispone a lanzar un tiro libre. La probabilidad de fallarlo será mayor si acaba de despertarse (nivel de activación demasiado bajo) o si está en la final del mundial de baloncesto y es un tiro decisivo para ganar o perder el partido (excesivo nivel de activación), salvo que consiga mantener una activación cerebral moderada incluso en los momentos de tensión.

¿Existe una 'gimnasia' de la atención?

Algo así. En nuestro laboratorio usamos entrenamiento de procesos y hemos diseñado ejercicios que funcionan como píldoras cognitivas. Desgranamos procesos que el cerebro usa para ejecutar ciertas tareas de forma óptima y luego exploramos cómo repercute en el cerebro infantil ejercitarlos por separado. La conclusión es que hay claras mejoras, pero que más peso tiene aún crecer en un entorno en el que nos sintamos queridos y en el que existan estímulos cognitivos y oportunidades de aprendizaje. Por eso creo que tenemos una gran responsabilidad como sociedad.

¿A qué se refiere?

El impacto que la pobreza tiene en el desarrollo del cerebro se observa desde bien temprano. Los bebés que crecen en familias con menos recursos muestran menor actividad en regiones cerebrales claves para la capacidad de regulación de la atención y el comportamiento. Conforme pasa el tiempo, la brecha de desigualdad en el rendimiento escolar y el éxito profesional en función de los niveles de recursos de cada familia no hace más que crecer.

Una sociedad que busca el bienestar no debe dejar atrás a una parte de la comunidad. Incluso desde un punto de vista puramente económico y de bienestar social, una sociedad tiene mejores perspectivas de progreso cuando los individuos que la forman pueden desplegar todos sus recursos cognitivos y emocionales. Educar la atención en escuelas inclusivas forma parte de la solución.

¿Y qué pasa con los magos? ¿Por qué no desmontamos sus trucos por más atención que pongamos?

Los humanos tenemos la sensación (potente pero equivocada) de que cuando miramos una escena la vemos completa. ¡Pero no! La realidad es que nuestro cerebro solo ve la parte de la escena a la que damos prioridad. Los ilusionistas saben cómo manejar esas prioridades y evitar que percibamos lo que nos quieren ocultar. Y, voilà, hacen magia.

Las técnicas que emplean los magos son similares a las que se utilizaron en las redes sociales como Facebook durante las elecciones americanas. El algoritmo que seleccionaba las noticias mostraba solamente la información  que iba a captar la atención de los lectores, en función de sus intereses y sesgos, para conseguir más clics. Si un lector estaba en contra de la inmigración, por ejemplo, le mostraba noticias que desprestigiaban a los inmigrantes, aunque fueran falsas. Eso es comercializar con la atención de la gente, utilizando el sistema bottom-up (el instintivo) para sesgar sus opiniones y llevarles donde nos interesa.

¿Qué implica que la atención se convierta en un negocio?

No solo un negocio: el gran negocio. En el siglo XXI, la atención de las personas se ha convertido en uno de los productos de mercado más cotizados. Los medios, las redes sociales y las empresas tratan de captar la atención de las personas. Eso da lugar a una dispersión de la atención de los individuos hacia temas que no son propios, que no repercuten directamente en sus vidas; por ejemplo, temas de opinión pública sobre los que los partidos políticos pretenden que nos posicionemos. O las vidas y los problemas personales de celebridades que ni nos van ni nos vienen.

En este momento, sin ir más lejos, la vida de mucha gente gira todo en rato en torno a las noticias sobre la covid-19 que, como es natural, nos provoca miedo. Y muchos dejan de prestarle atención a cuestiones básicas, por ejemplo relacionarse con sus seres queridos.

En ese sentido, el peligro que veo es que, a través de la atención se puede hackear el contenido de la mente de las personas y cómo conducen sus vidas. Sobre todo de los niños (por falta de maduración del sistema de la atención) y de los ancianos (por deterioro cerebral), que tienen más dificultades para regular a qué sí y a qué no quieren prestarle atención.

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