Ni estamos en guerra, ni somos soldados

Nos hallamos inmersos en una crisis sanitaria de una magnitud que nadie se esperaba. Todos estamos un poco sobrepasados por la realidad, y volcando nuestros esfuerzos en superar este momento del mejor modo posible. Por eso se vuelve difícil pensar y analizar con perspectiva. Sin embargo, a veces se vuelve necesario hacer el esfuerzo, porque de otro modo podría ser tarde cuando nos demos cuenta. Esto es lo que sucede con la militarización de esta crisis sanitaria por parte del Gobierno ¿Es necesario el papel protagonista que se le está otorgando al Ejército? ¿Es lo más útil y eficaz? ¿Cuál es su finalidad real? ¿Somos realmente soldados combatiendo en una guerra? Nuestra visión del mundo como ciudadanos y nuestros derechos quedan muy marcados en momentos como este, por eso se vuelve importante realizar esta reflexión. 

Una casa civil convertida en base militar el el este de Ucrania, en pleno conflicto entre las autoridades ucranianas y los separatistas de la República Popular de Donetsk. Foto: Juan Teixeira.
Una casa civil convertida en base militar el el este de Ucrania, en pleno conflicto entre las autoridades ucranianas y los separatistas de la República Popular de Donetsk. Foto: Juan Teixeira.
Ni estamos en guerra, ni somos soldados

Por suerte, la mayor parte de la población actual en los países occidentales no tiene ni idea de lo que significa una guerra. No sabe como es, ni lo que se siente, ni como huele. El mayor acercamiento a esta barbarie humana se realiza principalmente a través de películas (donde finalmente un soldado norteamericano nos salva a todos de los malos), informativos (de los que ya estamos un poco anestesiados) o videojuegos (donde el matar al enemigo provoca un pequeño chute de reconfortante dopamina). Pero una guerra de verdad es algo muy diferente, es una pesadilla de la que no puedes despertar. Es violencia y enfrentamiento entre seres humanos que buscan la aniquilación del adversario y de todo lo que le rodea. Es la máxima expresión de la maldad humana. Y eso no está sucediendo.

En esta guerra irregular y rara que nos ha tocado luchar, todos somos soldados -  General Miguel Ángel Villaroya, Jefe de Estado Mayor de la Defensa

En primer lugar, el “enemigo” al que nos enfrentamos es miscroscópico y de origen natural. No estamos luchando contra una invasión de otro estado, ni contra un grupo terrorista internacional, ni defendiendo la libertad y el progreso contra un tirano dictador. Nos enfrentamos a UN VIRUS. Y de nada sirven los miles de millones de euros gastados en armamento contra este “enemigo”. Ni con aviones de combate, ni con minas antipersona, ni con tanques ni helicópteros venceremos al coronavirus. Las labores de desinfección las pueden realizar perfectamente civiles en este caso. Respecto a la seguridad, parece que la policía se basta para contener a aquellos que se saltan la cuarentena. 

Hoy es viernes en el calendario, pero en estos tiempos de guerra o crisis, todos los días son lunes - General Miguel Ángel Villaroya, Jefe de Estado Mayor de la Defensa

En segundo lugar, esta crisis sanitaria llega en medio de otras dos grandes crisis, que haríamos muy mal en olvidar, y que avanzan de la mano: la ecológica y la de modelo económico-social. El planeta ha dicho BASTA ante la falsa concepción de crecimiento ilimitado propuesto por el sistema capitalista. No se puede crecer eternamente, al igual que no se puede consumir por encima de la capacidad de sostenibilidad del planeta. Esto es así, aunque a muchos les cueste asumirlo o entenderlo. Y ante estas otras dos crisis, tampoco puede aportar nada el ejército. 

¿Porqué entonces estamos asistiendo a semejante despliegue militar y lenguaje belicista?

Ayer hablé de disciplina y quiero felicitar a todos los españoles por la disciplina que están mostrando todos los ciudadanos, comportándose como soldados en este momento difícil - General Miguel Ángel Villaroya, Jefe de Estado Mayor de la Defensa

Porque que nadie se engañe, estos aires de guerra no son algo anecdótico. El lenguaje y la escenografía puesta en escena por la JEMAD en las ruedas de prensa (por poner un ejemplo) no son algo que surge sin más. Todo está pensado y estudiado. Todo transmite. Lenguaje y pensamiento van de la mano, especialmente en momentos de shock en los que resulta especialmente sencillo esparcir la semilla del miedo entre la población. El miedo es la clave. Es ese sentimiento humano que es el combustible de la guerra, y sin el cual ésta se extinguiría. El miedo nos enfrenta unos a otros, nos separa en bandos, apunta a culpables, legitima el uso de la violencia, deshumaniza al que no está a nuestro lado y hace que busquemos cobijo bajo el primer brazo que prometa protegernos. El miedo justifica el anteponer el fin a los medios. Por todo esto, el miedo es un poderoso aliado de las élites gobernantes para mantener el statu quo. De esto sabe mucho Naomi Klein, quien lo explica a la perfección en "La doctrina del shock".

En una guerra, no solo la violencia está justificada, sino también el estricto control militar de la sociedad. Son los civiles los que deben pasar por el aro del militarismo, adaptándose a sus valores, cadena de mando y estrictas normas. Y ojo, no digo que no haya situaciones en las que se pueda llegar a justificar esta situación. Pero una crisis sanitaria no me lo parece ni de lejos. Y digo esto a sabiendas de que habrá quien considere este razonamiento como deslealtad al estado o traición. Es otra de las consecuencias del uso del miedo y el militarismo: cerrar filas en torno a una única verdad. No hay medias tintas en una guerra. O eres aliado o enemigo. Lo vemos cada día por todo el estado, con esos sheriffs de balcón que se dedican a insultar o denunciar a quien se atreva a salir a la calle, aunque desde su garita de vigilancia no puedan conocer las razones que pueda tener esa persona para estar en la calle, que las hay. 

Porque las normas son muy necesarias en momentos como el que vivimos. Pero también el sentido común ¿Porqué una persona tiene que ir a trabajar hacinada en transporte público sin mantener la distancia de seguridad y no puede ir en bicicleta? en este caso no hay contagio posible, además de que el ejercicio físico desestresa y es muy positivo en estas circunstancias ¿Porqué no puede ir una persona a su huerto a por comida y si a un supermercado donde hay más posibilidades de contagio? ¿Porqué un autónomo debe quedarse en casa, pero un trabajador de una gran empresa tiene que seguir en su puesto?

Las normas nunca podrán adaptarse del todo a la realidad, y mucho menos si se hacen en tan poco tiempo como sucede en una crisis como la que vivimos. Y por eso el sentido común en la aplicación de esas normas es tan importante. El problema es que algunos de los encargados de aplicar esas normas (si, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado), tienen un poco atrofiado ese sentido. Estamos viendo muchos casos estos días de civiles que se comportan como energúmenos insolidarios. Pero también algunas autoridades. El siguiente ejemplo es solo un caso de muchos:

Da igual lo que haya hecho el chaval, un agente de la ley no puede perder los estribos de esta manera ante un ciudadano desarmado y no violento. Son profesionales preparados para situaciones de este tipo. Y esta conducta es totalmente inadmisible. Pero en un estado militarizado lo vemos más normal, e incluso muchos sheriffs de balcón lo aplaudirán. Este es uno de los principales problemas de la militarización de la sociedad, la pérdida paulatina pero irremediable de derechos que ha costado décadas conseguir. La privacidad nos importa menos cuando estamos en estado de alarma. Las desigualdades sociales pasan a segundo plano. El autoritarismo de quien gobierna puede llegar a verse incluso con buenos ojos, ya que estamos en guerra ¿Tendrá todo esto algo que ver con la militarización de una crisis sanitaria?

Imagino que una de las razones que esgrimirá quien defienda esta militarización de la crisis es que en España somos poco espabilados y necesitamos que nos pastoreen como a corderos para evitar males mayores. O que no nos tomamos las cosas suficientemente en serio y es un toque de atención. Yo me niego a creer ninguno de estos dos supuestos. Y la reacción ciudadana así lo está demostrando.   

Una pandemia es lo contrario a una guerra

Si para luchar en una guerra es necesario sacar los peores instintos y comportamientos del ser humano, para vencer a una pandemia como la que estamos viviendo es obligatorio sacar lo mejor. El miedo y el odio, contra la solidaridad y el civismo. Esta última semana nos ha demostrado que solo el pueblo salva al pueblo. Cuando el estado se ve desbordado (ya sea por las circunstancias a las que se enfrenta, por su incapacidad, por falta de recursos o por una mezcla que no es momento de debatir), son los propios ciudadanos los que ayudan a sus vecinos que no pueden valerse por si mismos. Son los trabajadores sanitarios los que entregan el 200% para salvar el mayor número de vidas posibles con los recursos de los que disponen. Son los camioneros los que trabajan en jornadas maratonianas y sin áreas de servicio abiertas para que los supermercados estén surtidos. Son las asociaciones vecinales y sociales las que ayudan a los más necesitados. Son los trabajadores de los supermercados los que se exponen en mayor medida al contagio para que podamos seguir comprando. Somos todos los que nos quedamos en casa para evitar colapsar los servicios sanitarios y aportamos en la medida de nuestras posibilidades, arrimando el hombro en una misma dirección. Somos nosotros los que nos separamos de nuestros seres queridos como muestra de afecto y responsabilidad. Esto solo se supera con empatía y solidaridad. Y no, no son esos los valores del militarismo y de la guerra que nos venden estos días. 

Desde mi experiencia, en este momento de contienda bélica son muy importantes los valores militares: disciplina, espíritu de sacrificio, moral de victoria - General Miguel Ángel Villaroya, Jefe de Estado Mayor de la Defensa

En las guerras son necesarios los ejércitos

Observando la forma de actuar de esta última semana, por momentos da la sensación de que las fuerzas armadas estén mezclando el servicio innegable a la ciudadanía, con una campaña de lavado institucional de imagen, u otra serie de intereses. Nos venden una y otra vez que han ayudado en residencias de ancianos, o que han desinfectado una estación de tren. Muy bien hecho. De verdad que si. Toda ayuda es bienvenida. Sin embargo, no podemos dejar de pensar qué hacen tantas cámaras de televisión y prensa cuando una unidad se pone a desinfectar una estación. Como tampoco deberíamos dejar de pensar en cual es la relación calidad-precio del servicio. 

Porque recordémoslo, las fuerzas armadas las pagamos todos. Y las cifras marean. En el año 2018, según los datos proporcionados por el Ministerio de Defensa, el Presupuesto Consolidado del Ministerio era de 9.552 millones de euros. Sin embargo, la cifra es mayor, aunque difícil saber el importe exacto. Según el investigador y presidente del Centro de Estudios para la Paz de Barcelona Pere Ortega, la cifra real rondaría los 20.000 millones de euros en gasto militar, más o menos 47 millones por día.

Su Majestad el Rey es el primer soldado de España - General Miguel Ángel Villaroya, Jefe de Estado Mayor de la Defensa

Desde la crisis, mientras se recortaba año tras año en sanidad, paralelamente se aumentaba el gasto en Defensa. Y repasando las labores que están realizando los militares desplegados estos días, uno se encuentra con una realidad que no encaja demasiado con los aires de heroicidad que se desprenden de las ruedas de prensa. Y no quiero decir con esto que ahora se esté intentando justificar este gasto, cada uno que ate sus propios cabos y que sea consciente de en qué prefiere que se gasten sus impuestos.  Personalmente, creo que en una crisis sanitaria como la que estamos sufriendo ( y en general) nos vendrían mucho mejor algunos hospitales más y un par de aviones o tanques menos. 

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Recuerdo perfectamente el primer día de mi confinamiento en casa. Tras hacerme un café, salí al balcón. Y para mi total estupefacción vi una fila de soldados con mochilas y armamento ligero desfilar por delante. Mi desconcierto y asombro fueron máximos. En primer lugar, porque no estoy acostumbrado a ver militares desplegados en mi barrio. Y lo reconozco, ahí me di cuenta de que esto iba muy en serio. Pero después empecé a pensar, y el estupor cambió hacia la indignación. Porque ni somos soldados, ni estamos en guerra.

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