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Earth 300, la peligrosa distopía neoliberal que se apropia del discurso ecológico

“El Earth 300 será la Torre Eiffel de nuestra generación”. Con esta grandilocuente comparación, el empresario multimillonario Aaron Olivera describe el proyecto que tiene previsto estrenar en 2025: un yate gigantesco para luchar contra la crisis climática. Medirá 300 metros de largo –la misma superficie que tres campos de fútbol– y 60 de alto –el equivalente a un edificio de 18 pisos– y en su interior podrán viajar 425 personas.
E300
"El Earth 300 es aberrante, y es un símbolo que condensa todo lo que no debemos hacer. La transición ecológica no necesita multimillonarios comprometidos con el clima, sino multimillonarios que paguen impuestos para así poder redistribuir riqueza y financiar políticas estratégicas de Estado" - Emilio Santiago, antropólogo climático.
Earth 300, la peligrosa distopía neoliberal que se apropia del discurso ecológico

El plan, según describen en su página web, es zarpar con una flota específica que justifique la etiqueta “eco”: 160 científicos de diferentes disciplinas encargados de buscar soluciones al cambio climático, 20 estudiantes, 165 empleados y 40 invitados VIP que aportarán tres millones de dólares por cabeza y viajarán diez días en las mejores habitaciones. Además de disfrutar de un lujo exclusivo, este grupo de privilegiados será erigido por su compromiso verde gracias al cual se financiarán “los 22 laboratorios científicos equipados del yate con las herramientas más punteras”, explican en la web.

En una entrevista para la CNN, Olivera contesta a la pregunta sobre posibles personalidades que serían invitadas citando a Elon Musk, Michelle Obama, Greta Thunberg, Naomi Klein e Yvon Chouinard. En resumen, el empresario concibe el Earth 300 como la sinergia perfecta entre turismo premium y lucha contra la crisis climática. Por ahora, ya ha invertido cinco millones de dólares en un proyecto cuyo coste total estima que estará entre 500 y 700 millones de dólares. 

El Earth 300 es aberrante, y es un símbolo que condensa todo lo que no debemos hacer. La transición ecológica no necesita multimillonarios comprometidos con el clima, sino multimillonarios que paguen impuestos para así poder redistribuir riqueza y financiar políticas estratégicas de Estado.

Así de contundente se muestra el antropólogo climático Emilio Santiago respecto al desarrollo de este megayate, que, en su opinión, solo puede ser una idea valiosa en tanto que presenta la distopía climática y de justicia social en la que no queremos vivir. “No habrá transición ecológica viable y justa sin dar paso a una nueva era fiscal que, desde la óptica neoliberal de bajísimos impuestos actuales, será escandalosa, expropiatoria, que debe tocar no solo el beneficio empresarial sino también el patrimonio”.

Earth 300: un ejemplo más de tecnoptimismo

Aunque por ahora el Earth 300 está en vías de construcción y no está garantizada su viabilidad, el análisis es pertinente porque no se trata de un proyecto extravagante y excepcional, sino de un síntoma cada cada vez más generalizado de cómo se configuran mediáticamente los imaginarios en torno al cambio climático. La ambición de este empresario se presenta en las cabeceras de medios alrededor del mundo –con titulares que hablan de una posible “solución a la crisis”– con la retórica grandilocuente propia del solucionismo tecnológico, como si sus desarrollos tecnocientíficos estuviesen al servicio del bien común y no de una empresa privada.

Basta entrar en su web para comprobar las descripciones que se atribuyen en esta línea: “El Earth 300 es una iniciativa ambiental histórica a escala global para inspirar una nueva marca de vanguardia planetaria. Queremos construir la Antorcha Olímpica de la ciencia global”.

Más abajo, exponen: “Earth 300 se concibió como un catalizador para inspirar una era de imaginación ecológica. Una era que posiciona a los científicos, que trabajan con hechos y no con política, como la máxima autoridad, y una era que fomenta e impulsa a las generaciones más jóvenes a convertirse en los creadores de nuestro futuro. Sólo colectivamente, sin dejar a nadie fuera, podemos lograr avances y soluciones adecuadas para el mercado, asegurando la supervivencia de la humanidad para las generaciones venideras. Bienvenido a Earth 300. Sube a bordo y ayúdanos a proteger el planeta”. 

Si dejamos de lado la contradicción entre “no dejar a nadie fuera” y necesitar tres millones de dólares solo para poder pisar el barco, lo interesante es comprobar cómo las justificaciones ecológicas pueden retorcerse para justificar un perfecto escenario neoliberal. Así lo entiende Joana Bregolat, investigadora en el Observatori del Deute en la Globalització y activista ecofeminista: “Cuando pensamos soluciones, propuestas transitorias o marcos que nos permitan imaginar futuros mejores en la situación actual de emergencia, todas partimos de miradas diferentes. En este caso, se parte de un espacio de privilegio y que tiene voluntad de perpetuar el privilegio de unos pocos, a costa de otros muchos cuerpos y territorios”, explica al analizar el caso. “En la raíz de la propuesta observamos una respuesta del capital pintándose verde, invirtiendo en la lucha contra el cambio climático como una obra caritativa más, sin entender que el problema está en cómo se ha configurado el modelo capitalista, en cómo nos relacionamos con la naturaleza y en la incapacidad de construir futuros que hablan de vidas dignas para la mayoría”.

El discurso de presentación del proyecto que pronunció Aaron Olivera en un hotel de lujo en Singapur ejemplifica a la perfección este mecanismo que describe Bregolat. Siguiendo la estructura típica de una charla TED, Olivera se refirió primero a la crisis ecológica como un desafío para el ser humano, una oportunidad de desarrollo tecnológico en un momento histórico –igual que se les dice a los trabajadores que un despido es una oportunidad para reinventarse–. A continuación, el empresario explicó el instante exacto en el que la idea del yate gigantesco acudió a su mente como una suerte de revelación: mientras buceaba en las Maldivas, en el año 2015, vio un precioso coral muerto por la acidificación del océano. Y entonces supo que tenía que responsabilizarse de ello, que todos debíamos hacerlo. 

Entrando a su perfil de Linkedin puede comprobarse que unos meses después –según este relato cuando ya tenía en la cabeza la idea de desarrollar el buque eco– Olivera se convirtió en el presidente de Rayon Falcon Yacht, una compañía que recientemente ha diseñado dos enormes barcos de marca Porsche valorados en 70 millones de euros y sin ningún tipo de atención a sus efectos contaminantes.

“Que su sensibilidad ecologista se mezcle con una operación calculada para construir una imagen verde que no guarda ninguna coherencia con sus negocios pasados ni previsiblemente con su cartera de inversiones actual es algo que puede generar mucha antipatía, pero es relativamente común y parte del espíritu perverso de nuestro tiempo”, expone Emilio Santiago, que considera que el oportunismo de Olivera es solo un síntoma del tipo de sinergias entre capitalismo y ecologismo que apuestan por un modelo verde hecho a su medida. “La transición ecológica es una batalla política que se puede modular desde diferentes ideologías y dar lugar a sociedades muy distintas. Por supuesto, el proyecto neoliberal va a intentar proponer su propia visión de la transición”, explica en sintonía con la crítica de Joana Bregolat. “No hay una sola transición ecológica posible porque esta, como todos los asuntos humanos, depende de significados y relaciones de poder que están en disputa”.

También debe considerarse que la propuesta, más allá de su cuestionable utilidad contra la crisis climática, no deja de ser una idea que reinventa el turismo, poniéndolo al servicio únicamente de una mínima parte de la población con más recursos. “Por desgracia, si seguimos así, el Earth 300 me parece un diagnóstico de futuro desastroso pero realista. Ahora mismo, después de la crisis sanitaria, el turismo se nos plantea como un reto a abordar entre propuestas de rescate a aerolíneas, ampliaciones de aeropuertos y cuestionamientos del monocultivo turista que vivimos ciertas zonas, como la Mediterránea”, cuenta Bregolat, que no cree que debamos luchar por democratizar este modelo de turismo, sino apostar por una transformación radical de nuestra relación con él: “Pensar otra formas de ocio-turismo, repensar los tiempos y la calidad que viajamos, tomar consciencia de lo que implica cruzarnos medio mundo para estar una semana y volver, creo son debates abiertos que van de la mano con repensar nuevas formas de viajar desde un decrecimiento de la movilidad internacional; y junto a ellas, plantear la eliminación de los privilegios de sectores contaminantes como la aviación, de vuelos cortos-media distancia con alternativas ferroviarias accesibles, públicas y en buen estado, o la penalización de viajeros frecuentes con más recursos”.

Promesas vs la realidad

En este entramado multifactorial, queda aún por resolver una pregunta capital, la que más críticas le ha costado al proyecto¿cómo va a construirse y navegar el yate más grande del mundo sin agravar los problemas climáticos que pretende resolver? En su página web, lo resumen así: “una de nuestras decisiones es ser una tecnología libre de carbono. Hemos encontrado una forma de llegar allí. Su nombre es reactor de sales fundidas, una nueva forma de energía atómica que es segura, sostenible y 100% libre de emisiones. Earth 300 es el primer que persigue esta nueva tecnología revolucionaria”.

Si la respuesta que ofrecen utiliza el término perseguir es porque se trata de una tecnología que está en vías de desarrollo. Es decir, su funcionamiento verde, en realidad, está supeditado a una promesa de futuro y no a una realidad tangible. Lo mismo ocurre con la instalación anunciada de un ordenador cuántico capaz de alcanzar velocidades impensables hasta el momento: no existe más que sobre el papel. 

“Si hay algo que está perpetuando que no respondamos a la emergencia brutal que tenemos delante es precisamente el mito del progreso”, desarrolla Juan Bordera, periodista especializado en transición ecológica, que cree que confiar ciegamente en la tecnología no puede ser peligroso solo por un error de cálculo, sino por todo lo que se deja de hacer entre tanto. “Este no es para nada un caso único. Muchos de los modelos del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), por no decir casi todos, se basan en una tecnología que está por desarrollar por completo, la captura y secuestro de carbono. La mayoría de las fantasías de sustituir las energías fósiles por las renovables al 100% se basan en tecnologías que aún no están desarrolladas”.

Solo en un contexto en el que resulta más asimilable pensar que el ser humano encontrará soluciones tecnológicas a la crisis climática antes que tener que someterse al decrecimiento, un proyecto como el Earth 300 no resulta ridículo. Se trata de un imaginario tecnoptimista que Bordera cree imprescindible revertir como parte de la lucha climática y que, en realidad, tiene mucho más que ver con lo cultural que con la propia ciencia: “Hay un especial énfasis en desvelar esa realidad material ineludible del decrecimiento, en hacer ver que no tiene por qué ser negativo si se plantea desde el punto de vista de decrecer en contaminación y microplásticos, pero también en nuestra jornada laboral. El objetivo es conseguir quitarle carga positiva a términos como tecnología y progreso y empezar a ponérsela a términos como decrecimiento o reducción; porque si tu vas hacia un precipicio igual, progresar ya no te interesa y en cambio dar marcha atrás, que aparentemente es algo negativo, pasa a ser lo positivo”.

Tanto Bordera como Santiago coinciden en que, además de todo lo citado, una última consecuencia derivada de proyectos megalómanos como este es la desconfianza que siembra hacia el ecologismo entre la clase trabajadora. “La peor parte es que, como la gente no es tonta, va a ver que esto es una lavado de cara, un proyecto muy eco y todo lo que tu quieras pero con un tipo al frente que nunca se ha preocupado por el medio ambiente intentando legitimarse para hacerse más rico de lo que ya es”, expone Bordera. “Esto lleva al pensamiento de que ecologismo es una cosa de ricos que tienen la barriga llena y que se preocupan del planeta porque no sufren los problemas de la gente corriente, y con toda la razón”.

Este, de hecho, fue el convencimiento que se extendió entre el movimiento de los chalecos amarillos en Francia: la transición ecológica empezó a ser vista como una forma de aumentar los privilegios de la ciudadanía con más recursos. Para que esto no ocurra, los expertos recalcan de nuevo la importancia de acompañar las medidas contra la crisis climática de una redistribución radical de la riqueza. “La salvación por parte de la tecnología encierra varios problemas: el principal, que la tecnología no puede solucionar problemas que no son de orden tecnológico, sino político y social” –concluye Emilio Santiago–. “Pensar lo contrario es pura superstición religiosa moderna”.

 

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