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Una interpretación diabólica del origen de las vacunas

Eulixe | 17 de junio de 2020

Escolares en fila para ser vacunados en un centro de salud infantil en la ciudad de Nueva York en 1944. Library of Congress / United States Office Of War Information
Escolares en fila para ser vacunados en un centro de salud infantil en la ciudad de Nueva York en 1944. Library of Congress / United States Office Of War Information

Que las vacunas constituyen la intervención médica más exitosa frente a las enfermedades infecciosas es un hecho innegable, pese a pronunciamientos estrambóticos. Las vacunas han salvado, y salvan, millones de vidas. Muchas veces esto se nos olvida porque, por suerte, no asistimos a diario a la muerte y penuria que acarreaban las enfermedades infecciosas que asolaban el mundo hasta el desarrollo de las vacunas. Curiosamente, esta fortaleza constituye una de sus debilidades hoy en día. Ante la ausencia de un peligro real inminente, muchos no ven la urgencia de vacunar a sus hijos. Esto pone en peligro su vida y la del resto de personas que no hayan podido vacunarse.

Artículo de Manuel Collado Rodríguez - Investigador Miguel Servet II, director del laboratorio de investigación en Células Madre en Cáncer y Envejecimiento, SERGAS Servizo Galego de Saúde (The Conversation)

 

La deseada vacuna frente al SARS-CoV-2 no se ha salvado de pintorescos pronunciamientos en su contra. Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia, asegura que la vacuna “se fabrica a base de células de fetos abortados”, lo cual califica de “inhumano y cruel”.

Cualquiera que oiga estas declaraciones imaginará una fábrica por la que entran fetos humanos a una especie de licuadora y de la que sale un líquido destilado que nos protege frente al virus. Es evidente que esto no es así. Entonces, ¿de dónde procede esa afirmación?

Vecinos de Columbus (EE. UU.) esperando a ser vacunados contra la poliomielitis durante los primeros días del Programa Nacional de Inmunización, en 1961. WC / CDC /Charles N. Farmer

 

A mediados del siglo pasado vimos vacunas contra enfermedades que asolaban a la humanidad como la polio, el sarampión, la rubeola y la rabia. Fue la gran época del desarrollo de estos fármacos.

Estas vacunas se producían mediante la infección de células en cultivo de laboratorio para permitir que los virus se multiplicasen. Más tarde se inactivaban para producir vacunas inactivadas, o bien se cultivaban en condiciones que facilitaban la pérdida de virulencia para generar vacunas de virus atenuados.

Para poder realizar estas preparaciones de virus se necesitaban cultivos celulares seguros y bien definidos, lo que para la época constituía un reto. Era habitual utilizar células derivadas de monos, lo que suponía el riesgo de arrastrar como contaminante virus de estos animales. Es lo que ocurrió con el papovirus SV-40 en algunas preparaciones de vacuna frente a polio.

Existía también el temor a usar células humanas derivadas de tumores, puesto que las bases del origen del cáncer no estaban claras. La posibilidad de que la enfermedad se transmitiese como un agente infeccioso suponía un enorme riesgo.

Hayflick en el laboratorio en los años 60. Archivos de la Universidad de Pennsylvania

 

En este contexto, el Instituto Wistar de Filadelfia (EE UU), uno de los más activos en el desarrollo de vacunas, decidió contratar a un joven científico local, Leonard “Len” Hayflick, para encargarse de los cultivos celulares que debían servir a los científicos para generar sus vacunas.

Hayflick razonó que el sistema más seguro y definido para generar vacunas debía consistir en un cultivo de células primarias (obtenidas directamente del organismo), no expuesto a infecciones ni a procesos tumorales. Utilizar tejido procedente de fetos sanos abortados le pareció la opción más acertada.

Durante sus primeros intentos consiguió establecer diversas líneas de fibroblastos fetales que numeró WI-1 hasta WI-25 (por Wistar Institute y el número sucesivo de intento).

Hayflick recibía en su laboratorio tejido fetal procedente de abortos practicados por motivos médicos en un hospital cercano. Lo llevaba junto a un mechero Bunsen y, armado de bisturíes y solución de tripsina, lo troceaba y disgregaba hasta obtener una suspensión de células individualizadas.

Estas células se adherían a las placas de cultivo, se adaptaban a crecer con los medios nutritivos que se añadían y se dividían con robustez y profusión. Cada cierto tiempo su número se doblaba. Hayflick anotaba con perseverancia cuántas células sembraba en las placas, el número que obtenía y el tiempo que habían necesitado las células para llenar la placa.

De este modo observó que las células primarias procedentes de un tejido humano sano poseen un periodo “fértil” limitado durante el cual son capaces de dividirse. Sin embargo, tras unas cincuenta las células cesaban su proliferación. Pese a permanecer metabólicamente activas, eran incapaces de volver a dividirse.

Esta observación, contraria al dogma de la época que establecía que las células eran inmortales, supuso el inicio del área de investigación en envejecimiento celular.

Las células que Hayflick había obtenido eran infectables por muchos virus y podían ser congeladas y descongeladas sin perder viabilidad. Esto permitía usarlas para crecer virus y producir vacunas. Por ello, decidió generar una línea celular nueva que expandiría hasta obtener un número elevado de células que poder destinar a ese propósito.

En junio de 1962, Sven Gard, director del departamento de Virología del Instituto Karolinska de Suecia, contactó con Hayflick para ofrecerle tejido procedente de un feto abortado legalmente en un hospital sueco.

Células WI-38 (izquierda: en alta densidad, derecha: en baja densidad). Por Yuanyuan Li y Trygve O. Tollefsbol- Wikimedia Commons / PLoS One, 2011CC BY

 

Los pulmones de ese feto, envueltos en gasas humedecidas, viajaron hasta Filadelfia en avión, en donde fueron recibidos por Hayflick. Trabajando del modo que ya conocía, comenzó el cultivo de fibroblastos. Multiplicó las células durante semanas hasta alcanzar, tras 9 duplicaciones, cientos de recipientes llenos de células. Con la ayuda de varios técnicos y tras una sesión maratoniana, las células fueron recogidas, distribuidas en cientos de viales y congeladas.

Así se creó la línea WI-38.

Viales originales de las WI-38 que Hayflick congeló en 1962. (Foto: Leonard Hayflick). Nature

 

Estas células fueron usadas en el propio Instituto Wistar por Hilary Koprowsky, pionero del desarrollo de la vacuna contra la polio, y Stanley Plotkin, fundamental en la vacuna de la rubéola.

Además, Hayflick se dedicó activamente a promocionar sus WI-38. Para ello envió viales a todos los laboratorios interesados para buscar apoyo y reconocimiento, así como para favorecer el desarrollo de nuevas vacunas.

Cientos de investigadores y varias farmacéuticas dieron buen uso a las WI-38. Esto permitió descubrir multitud de procesos biológicos, pero también desarrollar vacunas contra la rubéola, el sarampión,la rabia y la polio.

Sin duda, podemos afirmar que las WI-38 han permitido salvar cientos de millones de vidas humanas a lo largo ya de más de medio siglo.

Las WI-38 no son las únicas células humanas primarias derivadas de fetos humanos que han sido usadas. Las MRC-5, obtenidas en 1966 por científicos británicos, permitieron generar vacunas para la varicela, la polio y la famosa triple vírica (contra sarampión, rubeola y paperas).

En cualquier caso, el Vaticano ya se pronunció a favor del uso de vacunas producidas en estas células a través de un escrito del entonces obispo Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida.

Confío en que, tras este breve paseo histórico, los lectores comprendan que la afirmación del arzobispo Cañizares desvirtúa la realidad. Afirmar, además, que “primero se mata [al feto] y después se le manipula [para generar la vacuna]” es una tergiversación de la verdad que podríamos calificar de diabólica.

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