La historia de los campos de concentración estadounidenses (cap. 1)

Estados Unidos, país que se considera adalid de la democracia y que defiende con puño de hierro los “derechos humanos” a lo largo y ancho del planeta, aunque para ello tenga que derrocar a “malvados tiranos” o reducir a cenizas regiones enteras, ha flaqueado claramente a la hora de garantizar los derechos elementales de sus propios ciudadanos o las personas que inmigran al país en busca de una vida que les ha sido arrebatada. El siguiente reportaje, dividido en tres capítulos, pretende exponer la historia de los campos de concentración en territorio estadounidense, analizando para ello la limpieza étnica contra los pueblos nativos, el caso de los ciudadanos estadounidenses de ascendencia japonesa durante la segunda guerra mundial y la política actual para “controlar” la inmigración.

La historia de los campos de concentración estadounidenses (cap. 1)

Durante el siglo XIX, pueblos enteros compuestos por nativos americanos fueron forzados a abandonar sus tierras y posteriormente reubicados en emplazamientos que el Gobierno consideraba «aptos». Durante la limpieza étnica, miles de personas fueron confinadas en campos de concentración. Muchos perdieron la vida, debido a las precarias condiciones existentes en estas instalaciones y la propagación de enfermedades.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses encarcelaron en diversos campos de concentración a unas 120.000 personas, en su mayoría ciudadanos estadounidenses descendientes de japoneses o japoneses venidos de otros países, con el pretexto de neutralizar a una posible quinta columna que podía atacar al país desde su interior. La caza de brujas también alcanzó a los familiares de numerosos soldados que arriesgaban sus vidas en el frente europeo bajo el 442° Regimiento de Infantería, compuesta por soldados estadounidenses de ascendencia japonesa en su mayoría.

Medio siglo después, los inmigrantes latinos se han convertido en los nuevos moradores de un vasto sistema de campos de internamiento, donde la consideración por la vida humana brilla por su ausencia. Personas de corta de edad que han sido separadas de sus progenitores y encerradas en jaulas, hacinamiento general… esta es la cruda realidad que tienen que padecer miles de indocumentados en el país de la “libertad”.

El genocidio contra los nativos americanos

Medio siglo antes de que el séptimo presidente de los Estados Unidos, Andrew Jackson, promulgara la Ley de expulsión de indios en 1830, Thomas Jefferson, gobernador de Virginia por aquella época, adoptó la limpieza étnica como mecanismo para «solucionar» el denominado «problema indio». En 1780, Jefferson declaró lo siguiente: «si vamos a emprender una campaña contra esos indios, el fin propuesto debería ser su exterminio o su reasentamiento más allá de los lagos del río Illinois».

El gobierno federal presionó y sobornó reiteradamente a las naciones indias para que firmaran tratados para que se efectuara la cesión de tierras. Según los tratados, los indios vendían algunas de sus tierras y se les garantizaba la soberanía y el derecho a conservar todo el territorio restante. Los pueblos nativos, creyeron erróneamente que su soberanía y los tratados firmados con el gobierno federal protegerían sus tierras restantes de futuras incursiones.

En el siglo XIX, la población blanca registró un notable aumento en los estados del sur. Los granjeros blancos empezaron a reclamar cada vez más tierras para aumentar la cuota de producción agrícola. Este hecho aumentó la presión para ceder más territorios. Los nuevos habitantes comenzaron a argumentar que los indios eran «racialmente inferiores» e «incapaces de administrar la tierra», ya que la visión que tenían estos pueblos sobre este bien era muy diferente a la que tenían los colonos europeos. Este hecho, junto al reclamo de nuevas tierras para poder cultivarlas motivó el genocidio contra los pueblos indios.

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Decenas de miles de cherokee, muscogee, seminole, chickasaw, choctaw, ponca, winnebago y otros pueblos indígenas fueron obligados a abandonar sus hogares a punta de pistola y fueron internados en campos de prisioneros en Alabama y Tennessee. Las lamentables condiciones a las que tuvieron que enfrentarse y la propagación de enfermedades diezmaron a los nativos.

El hacinamiento y la falta de saneamiento provocaron brotes de sarampión, cólera, tos ferina, disentería y tifus, mientras que la insuficiencia de alimentos y agua, junto con la exposición a los elementos, causaron una elevada tasa de mortalidad y sufrimiento – Brett Wilkins, editor general de noticias estadounidenses en Digital Journal.

Miles de hombres, mujeres y personas de corta edad murieron a causa del frio, el hambre y las enfermedades, tanto en los campamentos como en las marchas de la muerte de cientos, y a veces, de más de mil kilómetros. Tal y como lo relata Wilkins, esta reubicación genocida se llevó a cabo, citando a Andrew Jacson, como una «política benevolente» del Gobierno de los Estados Unidos, ya que los nativos americanos «no tienen ni la inteligencia, ni la industria, ni los hábitos morales o el deseo de mejora que son esenciales para cualquier cambio favorable en su condición».

Establecidos en medio de otra raza superior y sin apreciar las causas de su inferioridad ni tratar de controlarlas, deben ceder necesariamente a la fuerza de las circunstancias y desaparecer por mucho tiempo – Declaraciones efectuadas por el presidente Andrew Jackson el 3 de diciembre de 1833 en el Discurso del Estado de la Unión.

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Décadas más tarde, cuando los sioux y otros pueblos indígenas se enfrentaron a la invasión blanca y el robo de sus tierras, el gobernador de Minnesota, Alexander Ramsey, respondió con otra llamada al genocidio y la limpieza étnica. «Los indios sioux de Minnesota deben ser exterminados o expulsados para siempre más allá de las fronteras del estado», declaró en 1862 el gobernador, ofreciendo una recompensa que iba desde los 200 dólares a 5000 dólares actuales por el cuero cabelludo de cada indio que huyese o se resistiera. «Alrededor de 1700 mujeres, niños y ancianos sioux fueron llevados a la fuerza a un campo de concentración construido en un emplazamiento espiritual sagrado», afirma Wilkins.

Según, el presidente tribal de Mendota Dakota, Jim Anderson, durante la marcha hacia el campo de concentración, los colonos que atravesaron las pequeñas localidades desposeyeron a las madres de sus bebes y mataron a las criaturas, antes de que dispararan a las madres. Muchos morirían por las tormentas invernales o las enfermedades.

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Dos años después, según afirma Wilkins, James Jenry Carleton, general y famoso asesino de indios en la Guerra Civil, «obligó a 10.000 navajos a marchar 480 kilómetros desde su tierra natal en la Región de las Cuatro Esquinas, hasta un campo de concentración en Fort Sumner, Nuevo México». Los que sobrevivieron a la marcha de la muerte a Fort Sumner se enfrentaron al hambre, a la falta de leña para calentar y poder preparar alimentos y a la propagación de enfermedades. Se estima que unas 1500 personas perdieron la vida mientras estaban internadas en Fort Sumner, muchas de ellas personas de muy corta de edad.

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Próximo capítulo: El caso de los ciudadanos estadounidenses de ascendencia japonesa recluidos en campos de concentración durante la segunda guerra mundial

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